Resulta indiferente si dicen la verdad o mienten. No es relevante la diferencia entre verdad y mentira porque todo acaba siendo opinable. El resultado no es solo la banalización de la realidad sino el regreso de la propaganda frente a la información de los hechos.
Umberto Eco dijo que le debemos a la televisión la emisión de los hechos en tiempo real. Mark Zuckerberg, por su parte, dijo que le debemos a Internet y las redes sociales la máxima eficacia o la sobredimensión de esa difusión en directo.
Esto trajo un doble efecto social, por una parte, la mayor transparencia en detalles que antes permanecían opacos, y por otro la multiplicación de la propaganda y la intoxicación interesada de los hechos de la realidad.
El viejo debate sobre la influencia de la televisión política en la opinión pública se ha reforzado con la multiplicación que ofrecen las redes sociales. La polémica hoy es confirmar si este nuevo sistema mediático, que permite un más fácil acceso a la realidad, también ha favorecido su mayor o mejor conocimiento. Sin embargo, las fake news stories ha sustituido hoy a la vieja hegemonía de los hechos factuales.
FAKE NEWS E IGNORANCIA
Durante la pandemia del 2020 se han emitido miles de alertas falsas y desinformaciones. En Europa varias torres de telefonía resultaron quemadas por aquellos que dieron credibilidad a que el virus era un invento para confinarnos y poder controlarnos mejor a través de las redes 5G.
Los hechos, veraces o falsos, cuentan menos que la opinión que nos suscitan. Todo resulta opinable por cualquiera. La actualidad ha dejado de ser un proceso informativo para ser un estado opinativo. Hoy la realidad se conforma a través de la opinión. Y el valor social de la televisión y las redes sociales, medios preferidos por la mayoría para informarse, sigue aumentando.
La crisis de modelo que vive la televisión abierta ha propiciado la expansión de los programas de la televisión en directo y el éxito del formato del talk show y especialmente del político y de farándula. De momento, el auge de estos formatos terminó alterando la actualidad política en algo menos objetivable y más opinable. Esta formulación, el debate espectacular, la discusión entre unos personajes maniqueos, que se reparten los papeles, ha facilitado que la información se haya convertido en entretenimiento.
En EEUU los noticiarios satíricos, con su intertextualidad crítica, nacieron para cuestionar la autoridad de los informativos tradicionales. Jon Stewart, conductor del programa satírico The Daily Show, en Comedy Central, llegó a ser el presentador más prestigioso, por encima de los conductores de los informativos tradicionales. Estos contenidos, caracterizados como de sátira y show político, empezaron a tener más seguidores que los programas informativos tradicionales, se constituyeron en instrumento de primer orden en su sistema democrático, con gran influencia en su sistema electoral, y se acabaron convirtiendo en elemento protagonista de la cultura política americana al parodiar y tratar sus noticias de un modo más crítico: "Ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad".
El modelo pone en cuestión no solo el discurso del poder sino la complicidad de los medios que difunden ese discurso, por lo que también fue contestado por el periodismo tradicional como promotor de un peligroso y desmovilizador cinismo político. El eslogan parecería ser: "No seguimos las noticias, creamos las noticias. Cambiamos el mundo. El periodismo es historia y la historia la escriben los vencedores".
Silvio Berlusconi primero y Donald Trump después, arrojó más claridad sobre el nuevo escenario en el que se han disuelto definitivamente los límites entre información y entretenimiento. Este modelo perfeccionado necesita no solo de una puesta en escena de confrontación sino de opinadores mediáticos o tertulianos investidos como portavoces de la opinión pública que, bien adiestrados como figuras televisivas en el arte del combate dialéctico, se convierten en profesionales de la disputa fuerte y breve. Proclives al juicio de valor fácil y la opinión maniquea, han acabado sustituyendo a las reflexiones de los especialistas.
INFOENTRETENIMIENTO Y PROPAGANDA
En esta época de la postelevisión se ha perdido la antigua uniformidad que separaba con precisión programas informativos y contenidos de entretenimiento, en definitiva, la información y la opinión. Los nuevos usuarios consumen las noticias políticas convertidas en breves clips de vídeo frecuentemente descontextualizados e incorporados desde las propias redes sociales de Facebook o Instagram.
El infotainment mezcla en el mismo contenedor los bucles de imágenes, las conexiones en directo, los reportajes, las entrevistas y los debates. Aunque se pretenda ofrecer lo contrario, el directo no permite a los espectadores estar más cerca de los hechos, solo despierta expectativas y especula sobre lo sucedido.
Los nuevos usuarios ya no distinguen entre los noticieros clásicos, que determinaban qué es noticia y cómo deben ser emitidas, y los programas de infotainment, cuyos contenidos de actualidad pueden ser revisados por ellos mismos en su propio significado.
Debido a su menor coste, estos programas en los que se debaten las noticias tienen una duración de emisión superior al de los propios programas de noticias, y la opinión incluso se anticipa a la propia crónica de los hechos, a la producción de la información, para generar expectativa cuando la tertulia se anticipa al telediario.
TODO ES RELATIVO. TODO ES OPINABLE
La naturaleza originaria de la información como hecho veraz ha desaparecido. Las noticias que se componen de sucesos y hechos objetivos e irrefutables se convierten en polémicos de entrada. Es el propio formato del programa de infopinión lo que convierte automáticamente los hechos noticiosos en matizables, interpretables, y finalmente en mensajes persuasivos.
La realidad, saturada de opinión, es sometida al relativismo. El conductor del programa y el propio medio acaban participando de una visión subjetiva. Este opinionismo hace que la visión de un tertuliano en las antípodas ideológicas del otro tenga la misma validez cuando opinan de un mismo hecho objetivo.
Todo es relativo. Resulta indiferente si dicen la verdad o mienten. Ya no cabe la distinción entre verdad y mentira porque todo acaba siendo opinable. El resultado no es solo la banalización de la realidad sino el regreso de la propaganda frente a la información de los hechos. La intoxicación de la realidad como norma.
Hace un siglo que la pensadora Hannah Arendt, ante otro de los peores momentos de la historia, ya advirtió que la libertad de opinión era una farsa si no se garantizaba previamente la información objetiva y no se aceptaban los hechos mismos, que solo estos hechos factuales nos permitían huir de las realidades paralelas, de la tentación de trasladar a lo público meras inquietudes privadas.

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