¿El periodismo es la víctima?

En un continente donde la democracia parece ceder terreno a paso firme frente al avance de regímenes autoritarios, el periodismo se ha convertido en una de las primeras víctimas del retroceso institucional. A través de una combinación de amenazas físicas, presiones legales, hostigamiento judicial y acoso digital, los gobiernos (tanto de izquierda como de derecha) han apuntado sus discursos y acciones contra la prensa libre, debilitando una de las piedras angulares de toda sociedad democrática.

Países como Nicaragua y Cuba representan el rostro más extremo de este fenómeno, donde el periodismo independiente se ha debilitado enormemente por la persecución estatal. Incluso otras naciones reconocidas como democracias también muestran señales preocupantes como en México donde la violencia física por parte del crimen organizado se ha convertido en una amenaza constante. En Perú y Panamá, las querellas judiciales millonarias buscan silenciar voces críticas; y en países como El Salvador, Brasil o Argentina, la estigmatización pública y el uso de troles digitales fomentan un clima de odio y polarización que margina a la prensa.


EL CAMBIO DE MODELO

Todo esto se da en simultáneo con un contexto adverso para la prensa, porque las bases del modelo de negocio tradicional de los medios de comunicación se han visto sacudidas por los cambios en los hábitos de las audiencias, y asimismo por la competencia de grandes plataformas globales que, si bien contribuyen a distribuir contenidos, generan con ellos enormes ingresos que no comparten con quienes produjeron esas informaciones. Esto va debilitando las economías de las empresas editoriales y limitando sus posibilidades de desarrollo e innovación.

Este debilitamiento termina afectando la calidad del periodismo que se ofrece a la comunidad. Pese a ello, sigue habiendo expresiones de muy buen periodismo. Investigaciones, rigor profesional, crónicas enriquecidas por nuevos formatos, reportes en profundidad se producen en grandes medios, pero también en otros pequeños y hasta unipersonales. La tecnología lo hace posible, aunque también en muchos casos plantea un entorno competitivo que dificulta la subsistencia o conspira contra el periodismo de calidad. 

Además, se suman y se combina con recurrentes proyectos legislativos para amordazar a la prensa por la vía judicial. Es decir, demandar a periodistas y medios por cifras millonarias, para generar autocensura o asfixiarlos económicamente. Esta estrategia se traduce en querellas por millones de dólares que llevan a afrontar no solo largos procesos, sino a destinar ingentes recursos para honorarios de abogados, aun cuando las sentencias sean luego absolutorias o acaben en condenas ínfimas.

Por acción u omisión, hay una enorme responsabilidad de la clase política en general y de los gobernantes en particular en la afectación al periodismo. La confrontación directa es quizá la más evidente de las prácticas contra la prensa. Pero también lo es no debatir estrategias que garanticen la seguridad de los periodistas y fortalezcan un sistema de medios plural y sustentable como pieza esencial para el debate democrático. Los discursos que menosprecian la libertad de informar eluden plantear que de ese modo se afecta el derecho de la ciudadanía a informarse. Y así un amplio sector de la sociedad, en especial las nuevas generaciones, se queda con la prédica contra los “privilegios” de la prensa y no ve que en realidad está en juego su propio derecho a conocer cómo se administra la cosa pública y a controlar así a los gobernantes. Es quizá responsabilidad de los propios medios y periodistas que no se haya hecho ver con claridad esta doble faz de la libertad de prensa y generar conciencia de que cuando se ataca al periodismo se busca opacar la imprescindible transparencia de los gobiernos y otros poderes que deciden sobre la vida cotidiana de cada habitante.


Y LLEGA LA IA

La inteligencia artificial tiene un enorme potencial para generar un periodismo de mayor impacto, a partir de las enormes facilidades para procesar bases de datos, para simplificar procesos repetitivos y para acelerar la búsqueda y sistematización de documentos extensos. Pero a nadie escapa que la IA está siendo utilizada también para manipular procesos electorales; para generar confusión mediante textos, fotos, videos o audios fraguados; para potenciar la viralización de desinformaciones. Esto plantea un enorme desafío para el periodismo y, a la vez, revaloriza la labor de verificación y validación que siempre han tenido los medios profesionales. Por ello, la actitud más inteligente no es renegar de la IA u otros avances tecnológicos ni incorporarlos acríticamente, sino profundizar en el conocimiento de su potencial para que, como ha ocurrido en su momento con internet u otros adelantos técnicos.


¿A QUIEN LE SIRVE EL PERODISMO?

Un periodismo que sea útil a la gente, que le permita tomar mejores decisiones en su vida diaria, que sea creíble, que le dé herramientas para ejercer su rol ciudadano. Una prensa que verifica datos; que se corrige cuando cometió errores; que no calla ante la presión de los grupos de presión; que investiga y denuncia con responsabilidad, tendrá más posibilidades de soportar los embates autoritarios. 

Un periodismo que no se limita a reproducir lo que se dice en redes sociales sino que contrasta presuntas verdades antes de difundirlas; que cumple con la regla básica de consultar a todas las partes involucradas de un conflicto; que ante un video o una foto viral busca el origen de esas imágenes antes de darlas por ciertas; que utiliza la inteligencia artificial con inteligencia humana (valga la redundancia) aplicada a verificar que los algoritmos no hayan incurrido en sesgos o alucinaciones, hará un aporte a la lucha contra la desinformación. Eludir estos principios sólo agravará la crisis de credibilidad en la que ha caído.

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