América Latina demuestra con mayor claridad que lograr el monopolio del uso de la fuerza es la función más básica de un Estado. Cuando un país posee una alta tasa de homicidios, los costes superan con creces las muertes reales sufridas por las víctimas. Los números reflejan la desagradable situación general de la vida allí. Los países con altas tasas de homicidio sufren malas conductas que degradan la experiencia humana en general, desde robos y agresiones violentas hasta intimidación de bandas a ciudadanos normales y música alta en público.
Veamos la relación PBI con homicidios. América Latina se destaca con naciones como Brasil (tasa de homicidios: 20,6), Colombia (24,9) y México (24,9) que tienen ingresos similares a los de China (0,5), Azerbaiyán (2,0) y Georgia (2,0). Honduras (31,4) es aproximadamente tan rica como Pakistán (4,3) y Kenia (4,9).
¿Por qué sucede esto? Para las no democracias, la riqueza predice prácticamente la tasa de homicidios de forma sencilla. Ninguna dictadura tiene una tasa de asesinatos alta, al menos en comparación con los datos que tenemos para América Latina. Aunque los regímenes autoritarios manipulen los datos, las estadísticas oficiales encajan más o menos con lo que sabemos del mundo. Los viajeros asumen que el riesgo de ser secuestrado o asesinado es astronómicamente mayor en México o Colombia que en China o Jordania. Los números aquí pasan la prueba del sentido común.
Por supuesto, hay muchas democracias seguras, incluidas aquellas que no son ricas. La democracia no es una condición suficiente para tener un país inusualmente violento, pero sí parece ser una condición necesaria. Podemos decir que, en su mayoría, hay tres tipos de países en el mundo: Naciones ricas, que son seguras; Naciones autoritarias, que son seguras; Países de ingresos medios o bajos y democráticos, que pueden ser seguros o violentos.
La mayoría de los países latinoamericanos pertenecen a la categoría de Países de ingresos medios o bajos y democráticos, que pueden ser seguros o violentos. Lo mismo ocurre con los tres principales casos fuera de Latinoamérica continental con tasas de homicidio inusualmente altas: Trinidad y Tobago, Jamaica y Sudáfrica. Cuba, el país más autoritario de América Latina, no es conocida por la violencia callejera, aunque no existan cifras. Venezuela, en cambio, en los últimos años ha tenido una combinación inusual de autoritarismo y violencia a gran escala.
En un país rico la policía cobra relativamente bien y recibe un nivel básico de formación. Tienen presupuestos más amplios para combatir el crimen y, dado que la corrupción está más controlada, menos se roba o se desperdicia. El sistema judicial es más fiable y es bastante bueno distinguiendo a quienes suponen un peligro para la comunidad de quienes no lo hacen.
En cambio, si eres un país relativamente pobre, con pocos recursos y poca capacidad estatal, conceder protecciones a criminales sospechosos y condenados es un gran obstáculo para mantener el orden. Las fuerzas del orden y los funcionarios judiciales pueden ser intimidados o sobornados, y su atención y recursos están al límite. Las bandas pueden controlar más territorio, los asesinos tienen menos probabilidades de ser castigados y la disuasión se rompe.
En los últimos años en Estados Unidos, la tasa de resolución de asesinatos ha sido de alrededor del 50%-60%. Eso es muy malo desde una perspectiva del primer mundo, pero en países como México y Honduras está más cerca del 10-20%, y esto es bastante notable dado que los propios funcionarios estatales suelen ser los objetivos. En América Latina, hay historias de jefes de bandas que dirigían sus imperios desde prisión, lo cual sería impensable en la mayoría de las dictaduras. Estados Unidos presiona regularmente a México para que envíe a sus narcotraficantes, porque si no podrían escapar de la cárcel.
La idea de que hay un equilibrio entre las libertades civiles que protegen a los sospechosos y la seguridad pública es un clásico en dramas policiales televisivos. Vemos con naturalidad como la policía detecta a algún personaje malintencionado que todo el mundo sabe que es culpable o tiene información importante para resolver un caso, pero no hay pruebas que puedan sostenerse en el tribunal. Así que el antihéroe apaga la cámara y hace lo que hay que hacer. El delincuente dice "ejerzo mi derecho a un abogado" y el policía dice "ah, tengo a tu abogado aquí mismo" y empieza a golpearlo. El caso finalmente se resuelve y nos queda reflexionar sobre la ambigüedad moral de la historia. Parece que los guionistas de series de televisión se sienten más cómodos con los sacrificios desagradables que la mayoría de la gente que analiza política.
Si bien las series de televisión son ficción, todo parece indicar que el mundo realmente funciona así. Antes de la represión de Bukele, incluso después de que los criminales salvadoreños fueran arrestados, dependían de familiares externos para mantener sus bandas funcionando y hacer cumplir los esfuerzos de extorsión. Ahora el gobierno básicamente ha detenido a todos los que podrían estar implicados en actividades criminales, y la extorsión y el asesinato se han desplomado.
Así que, en el caso de Bukele, hemos visto un alejamiento de las libertades civiles coincidir con un aumento de la seguridad pública y también hemos observado lo opuesto: la democratización acompañada del colapso del orden público. En 1980, Brasil tenía una tasa de homicidios de 11,7 por cada 100.000. En los años siguientes fue aumentando poco a poco y, en 1985, terminó el régimen militar. La tasa de homicidios se disparó en las dos décadas siguientes, alcanzando el 28,9 en 2003. Si bien disminuyó algo, la tasa de homicidios sigue siendo muy alta en comparación con los últimos años de régimen autoritario, aunque Brasil es un 50% más rico.
La mayoría de las naciones de Europa del Este permanecieron a salvo tras el colapso del bloque soviético. Pero en Rusia hubo un periodo de anarquía a principios de los años 90, que alcanzó un pico de 32 homicidios por cada 100.000 en 1994. Desde Putin, ha habido un descenso constante.
Todo indicaría que el problema no es la democracia ni los derechos de los criminales, sino la capacidad del Estado, lo que sirve al discurso populista que dice que el sistema está roto y que se necesita un hombre fuerte que arrase con la oposición y las cortesías democráticas. Probablemente este no sea un argumento muy bueno en un país donde las cosas van relativamente bien, pero si tu nación está realmente rota, entonces puede que racionalmente estés dispuesto a arriesgarte con algo radical. Un país con una tasa de homicidios de 30 por cada 100.000 debería considerarse un estado fallido, y uno que inevitablemente perderá legitimidad. Hay una razón por la que la aprobación de Bukele casi siempre supera el 90%. Su popularidad indica que las élites occidentales han subestimado enormemente la importancia del orden público.
Si un gobierno masacra a cien ciudadanos, hay una indignación internacional. Pero si permite que mueran un orden de magnitud más de personas en nombre de las libertades civiles, a nadie le importa demasiado.
ECONOMIA Y VIOLENCIA
Según el Banco Mundial, entre 2010 y 2020, América Latina creció de media más lentamente que cualquier otra región del mundo. Los gobiernos han fracasado no solo en mantener la seguridad de los ciudadanos, sino también en mejorar su nivel de vida.
Trump, Orban, Bolsonaro, Bukele y Milei están todos bajo el paraguas de populistas de derechas. Los periodistas o analistas tienden a tener la misma opinión sobre todos ellos, ya sea a favor o en contra, pero cada uno de ellos se enfrenta a un conjunto de desafíos completamente diferentes. Por ejemplo, probablemente no votarían por Bukele si se presentara a presidente de los Estados Unidos, pero más de uno lo votaría como alcalde de Baltimore.

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