En la lógica actual de las emociones, los hechos se convierten en algo secundario. Ya no se trata de ganar un debate ideológico con argumentos.
En un mundo dominado por la cosmovisión de la guerra de la (des)información, en el que la imparcialidad es imposible, los hechos ya no son sagrados y de esta manera el futuro deja de estar guiado por una visión basada en la evidencia.
Todo lo contrario, se mira el futuro con el prisma del pasado, de la falsa promesa de lo que se ha definido como "nostalgia restauradora": un esfuerzo por revivir un pasado deseado e idealizado que nunca existió y que, por tanto, no puede ser restaurado.
Seguimos anclados en la era de la posverdad, en la que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que aquello que apela a la emoción y las creencias personales.
Un contexto en que el mundo percibido y el real son cada vez más distantes; en el que la creencia y no los datos, dicta si algo es verdad o mentira. Y el problema radica en que la creencia es muy difícil de cambiar, porque es una cuestión de fe.
Las creencias resultan, además, reforzadas por las dinámicas online y de las redes sociales.

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