Nunca fue un romance la relación entre la política y el periodismo. Era una convivencia incómoda basada en la mutua necesidad y llena de sospechas mutuas. Los políticos necesitan visibilidad, pero detestan el escrutinio, y los periodistas necesitan acceso a la información sabiendo que el poder rara vez entrega datos sin calcular el beneficio propio.
Y así se gestó y se desarrolló una relación que durante décadas funcionó con un pacto tácito: los políticos podían detestar a los periodistas, pero igual tenían que lidiar con ellos. Necesitaban ruedas de prensa, entrevistas, titulares, cámaras y micrófonos. Hoy no los necesitan más. Las redes sociales permitieron a muchos líderes hablarle directamente a su público, sin intermediarios fastidiosos.
Estamos en la época del político influencer que hace transmisiones en vivo por TikTok y publica frases calculadas para viralizarse. El temor de una crítica en la portada del periódico se transformó en temer convertirse en meme. El viejo político entendió algo decisivo: hoy la atención cotiza más alto que la profundidad.
El problema es que, si desaparecen los intermediarios críticos, también se debilita el espacio donde una sociedad contrasta versiones y verifica datos. Lo que queda es propaganda emocional circulando a velocidad de algoritmo. Pero la desconfianza pública en el periodismo no es caprichosa.
Muchos medios dependen de publicidad estatal para mantenerse a flote, lo que pone en tela de juicio lo que el periodista dice en ese medio. El periodismo independiente empieza a ser un oximorón entre la polarización política, las crisis económicas y la precariedad laboral. Mientras tanto, las redes sociales recompensan más el grito que la investigación, el escándalo que el contexto y la velocidad que la verificación.
Pero durante años, algunos medios confundieron influencia con autoridad moral, haciendo la soberbia de ciertos periodistas casi insoportable para la audiencia. Cuando la credibilidad comenzó a erosionarse, la gente dejó de distinguir entre un periodista serio y un operador disfrazado de periodista. Y el gremio periodístico no hizo nada para diferenciar a uno de otros.
Además, hay políticos que no quieren periodistas; quieren relacionistas públicos. Gente que pregunte poco, incomode menos y admire mucho. En América Latina tenemos ejemplos de sobra. Muchos novedosos formatos digitales (podcasts y streamers) funcionan como espacios de promoción y no de contraste.
Las redes profundizaron el maniqueísmo donde no importa si una información es verdadera, sino si favorece “a los míos” o perjudica “a los otros”. La IA es el mejor aliado para este tipo de comunicación, y el periodismo quedó atrapado entre ideológicas donde cualquier dato incómodo se interpreta como militancia encubierta y encima muchas veces lo es.
La sociedad parece se acostumbró a vivir sin periodismo y la magullada democracia dejó de valorarlo, así que vamos camino a propaganda, influencers y discursos sin cuestionamientos.

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