El totalitarismo en la cultura de la cancelación


Desde una perspectiva filosófica, política y social, la cultura de la cancelación no representa una forma de justicia, sino una forma de venganza que degrada y excluye a las personas mediante la humillación pública y el castigo moral.

Aunque históricamente siempre existieron sanciones sociales contra conductas consideradas inmorales, la cultura de la cancelación se expandió enormemente gracias a internet y las redes sociales amplificando el mecanismo hasta convertirlo en algo permanente y masivo.

En la actualidad cualquier persona puede ser cancelada si simplemente una masa digital juzga públicamente a alguien por comentarios, acciones o ideas consideradas ofensivas o incorrectas. El problema no radica solamente en la crítica social, sino en el carácter extremo y desproporcionado del castigo. La cancelación funciona como una especie de vigilancia constante, como el panóptico de Jeremy Bentham. 

Cancelar a alguien equivale a destruir su identidad social y reducir a la persona únicamente a sus errores o declaraciones polémicas. Es una degradación pública que provoca consecuencias reales como pérdida de empleo; aislamiento social; humillación pública; censura; dificultad para reintegrarse socialmente y estigmatización permanente.

La persona cancelada deja de ser vista como un ser humano complejo y pasa a convertirse en un símbolo del mal moral. Se ignoran contextos, intenciones, evolución personal o posibilidad de cambio. La cancelación es una ceremonia de degradación digital.


NO TODO ES SER "BUENO" O "MALO"

La cultura de la cancelación simplifica problemas sociales complejos reduciéndolos a una división entre “buenos” y “malos”. El racismo; el clasismo; la discriminación y la desigualdad no son resultado de individuos malvados, sino de estructuras históricas y culturales mucho más profundas. Es ilógico y muy violento centrar toda la atención en castigar individuos específicos. Cancelar a alguien por un comentario clasista o discriminatorio no elimina las estructuras que producen esas desigualdades, solo las trata de ocultar y no de solucionar. Además, la misma cancelación reproduce mecanismos discriminatorios que convierte a los cancelados en sujetos marginados y excluidos. 

El actual activismo identitario convierte la política en una competencia entre víctimas, donde diferentes grupos luchan por reconocimiento moral y superioridad simbólica produciendo nuevos problemas: esencializa identidades (“opresores” vs. “oprimidos”); convierte la política en castigo moral; reemplaza las luchas colectivas por conflictos individuales; fomenta el narcisismo moral; promueve dinámicas de humillación pública.

El teórico cultural británico Mark Fisher habla sobre una cultura política obsesionada con vigilar errores morales, denunciar públicamente y obtener superioridad ética mediante el castigo social. 

La cultura contemporánea ha reemplazado muchas luchas colectivas por dinámicas individualistas centradas en la identidad y el reconocimiento personal, ya que las redes sociales favorecen la exhibición moral y muchas personas buscan validación pública mediante la denuncia, transformando la indignación en capital simbólico y aparece la lógica tribal de “nosotros contra ellos”, y cada “tribu” intenta imponer su visión moral absoluta y deja de escuchar al otro.

Esto genera una sociedad cada vez más fragmentada dominada por la sospecha y el miedo a equivocarse públicamente. La solidaridad universal es reemplazada por la autocensura y la vigilancia mutua, que lleva a los individuos canceladores a percibirse a sí mismos como moralmente superiores y creen, además de tener la verdad absoluta, estar corrigiendo a otros. 

Sin embargo, este castigo no resuelve las injusticias estructurales; no genera transformación social real; no favorece la reconciliación y solo produce exclusión permanente e impide procesos de reinserción social.


¿Y HEGEL QUE DICE?

Desde la mirada de Georg Hegel, la libertad humana implica responsabilidad, reconocimiento mutuo y reconciliación social. Hegel consideraba que incluso quienes cometen delitos siguen siendo seres humanos racionales y libres, por eso un castigo legítimo no debe destruir la humanidad del individuo ni reducirlo a una condición degradada.

La cancelación contradice esta visión porque niega la posibilidad de reconciliación; convierte al castigado en enemigo absoluto; destruye el reconocimiento mutuo; reemplaza la justicia racional por el linchamiento moral. La humillación digital es una forma degradante de castigo incompatible con una sociedad verdaderamente ética.

Una sociedad democrática no debería organizarse alrededor de la destrucción simbólica del otro, sino alrededor de mecanismos racionales de justicia, diálogo y transformación colectiva.

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