Uno de los más graves problemas que enfrenta el periodismo es el mal uso de la tecnología que nos han puesto a la mano: el ciberespacio.
Con se uso diario hay varios aspectos para analizar: las mentiras y fake news transmitidas con intereses muy específicos. El plagio sin contemplación. El reciclaje de las informaciones noticiosas, descontextualizadas y fragmentadas. La distorsión de los hechos desde una perspectiva totalmente inaudita. Todos estos ejemplos conducen a una violación importante del derecho a la información de los ciudadanos, lo que se transforma en una agresión a los derechos humanos.
La presencia de las nuevas tecnologías ha provocado una crisis en los medios de comunicación tradicionales, dado que han perdido su incuestionable lugar privilegiado como referentes en la sociedad.
La competencia más novedosa de los medios tradicionales no son otros soportes, sino la "comunicación interpersonal", que han crecido más del 70% desde el inicio de siglo y ha llevado a la caída de diarios y revistas, además de una tendencia descendente constante en la radio y en la televisión.
DEMOCRACIA Y MEDIOS
Dentro del pensamiento democrático moderno la comunicación se ha considerado como espacio común de expresión ciudadana que aglutina a una diversidad de ciudadanos y grupos en los Estados-nación.
Esta comunidad comunicacional no es una mera abstracción intelectual, sino que atraviesa nociones centrales en la historia de los medios en las democracias, como las protecciones constitucionales para la prensa y el periodismo, la misión de los medios de propiedad pública, las obligaciones de los prestadores privados de servicios hacia la ciudadanía, el ideal público del periodismo y una variedad de regulaciones de contenidos mediáticos. Ninguna de estos conceptos, mandatos y referencias normativos tiene sentido sin un público común que funge, a su vez, como un actor central de la democracia.
Este nuevo escenario se produce una comunicación contraria a la civilidad y el diálogo en la diferencia, donde las identidades segmentadas y las facciones de la comunicación potencian la expresión pública, pero también la hostilidad y la intolerancia hacia múltiples Otros. Eso se demuestra en la hostilidad de los lectores en sitios de noticias y redes sociales en un síntoma de la polarización, que antepone la agresión al debate.
Las voces antagonistas pueden desalentar la expresión de opiniones en contextos como el latinoamericano, donde la libertad de criticar y opinar se percibe débil y donde ocho de cada diez personas consideran que no es conveniente confiar en el otro. En otras palabras, el potencial del diálogo que fomentan las plataformas digitales no resulta necesariamente en una comunicación democrática, caracterizada por la escucha de otros y la búsqueda de acuerdos comunes. Tampoco facilitan una expresión despojada de objetivos comunes e interesada en la reafirmación de convicciones existentes.
No es extraño que haya tomado fuerza la idea de posverdad en estos contextos en que predominan verdades parciales basadas en convicciones más que en datos o hechos. Las falacias y las noticias negativas falsas suelen propiciar, en ciertas circunstancias, cinismo social y desconfianza en las instituciones políticas, sociales y económicas.
“Cuando no importan los hechos y se prefieren los ‘hechos inventados’ y la consistencia de cualquier evento con las creencias existentes, se cae en un relativismo que dificulta acuerdos mínimos sobre aspectos fundamentales de la vida pública” observó Hannah Arendt hace algunas décadas atrás.
La comunicación que se regodea en las propias certezas sin cuestionarlas es contraria al pensamiento crítico como base de la comunicación pública en tanto supone evitar e ignorar argumentos que disientan con el propio pensamiento o que cuestione dogmas.

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