Verdad vs. Opinión

La diferencia entre verdad y opinión es el antagonismo de “diálogo”, que es el discurso aduciendo para la verdad filosófica; y “retórica” que es el demagogo persuadiendo multitudes.

Es la diferencia entre “razonar sólido” y una “poderosa elocuencia”. La primera se basa en principios de verdad, y la otra sobre opiniones, pasiones e intereses de hombres que son diferentes y mutables.

La libertad de opinión es una farsa, a menos que garantice la información objetiva que no están en discusión: los hechos mismos.

Hecho, opinión e interpretación nos deben separarse para manipular los hechos.

A veces el compromiso con la verdad se siente como una actitud antipolítica.

En política la verdad tiene un carácter despótico, por eso los tiranos la odian.

La verdad evita el debate y el debate es la esencia misma de la política.

La verdad es avasalladora y no toma en cuenta las opiniones de otras personas que es la característica de todo pensamiento político.

El proceso de formación de la opinión está determinado por la capacidad de usar su propia mente y estar libre de los propios intereses privados. Ser desinteresados del hecho.

La obstinación ciega frente a un hecho es habitual por falta de imaginación y en la incapacidad de juzgar.

La calidad de opinión depende de su grado de imparcialidad.

Ninguna opinión es evidente por sí misma.

Nada más irritante que enfrentarse a la verdad cuando son distintas a la opinión

Se sustentan opiniones para desacreditar una verdad como si se tratara -la verdad- de una opinión más.

En la medida que la verdad está expuesta a la hostilidad de los que sustentan la opinión, la verdad se vuelve vulnerable.

Que todos los hombres hayan sido creados iguales no es evidente por sí mismo ni se puede probar. Lo creemos porque la libertad sólo es posible entre iguales, y creemos que las alegrías y gratificaciones de la libre compañía han de preferirse a las palabras dudosos del dominio.

Sin embargo, es una cuestión de opinión y no de verdad. Su validez depende del acuerdo y consenso libre.

Lo que define a la verdad de hecho es que su opuesto es la falsedad deliberada o mentira.

También existe el “falsario” que cuando no puede imponer una mentira, la cambia a “opinión” y la reivindica basándose en su derecho constitucional creando una confusión considerable en un público políticamente inmaduro.

En la línea divisoria entre la verdad y la mentira, la opinión es una de las muchas formas que adopta la mentira.

El embustero es un hombre de acción, mientras que el veraz no lo es.

El veraz, si actúa en política debe ser persuasivo y extenderse considerablemente para explicar la verdad.

Similar al filósofo que cuando su verdad se vuelve dominante, en los medios de opinión y se identifica con algún interés particular compromete su única cualidad: imparcialidad, veracidad, integridad, independencia.

Nadie despierta más sospechas justificadas que el veraz de profesión que ha descubierto una feliz coincidencia entre la verdad y el interés.

Todo lo contrario, es el caso del embustero, actor por naturaleza, dice lo que no es porque quiere que las cosas sean distintas a como son. Pretende cambiar el mundo.

Nuestra habilidad para mentir, pero no necesariamente para ser veraces, es uno de los pocos datos que confirman la libertad humana.

La veracidad jamás se incluyó entre las virtudes políticas.

Cuando todos mienten acerca de lo importante, el hombre veraz ha empezado a actuar, lo sepa o no, y sobreviva a no, su compromiso político habrá sido un primer paso para cambiar el mundo aunque esté en incómoda desventaja.

El falsario tiene libertad para modelar sus “hechos” para que concuerden con el provecho y el placer o en las simples expectativas de su audiencia, y es posible que sea más persuasivo que el hombre veraz.

La mentira organizada tiende a destruir lo que se haya decidido anular.

Los gobiernos totalitarios la utilizan concretamente como paso previo al asesinato.

La mentira tradicional de la moderna se diferencia entre el ocultamiento y la destrucción.

La mentira tradicional solo se refería a ciudadanos particulares; la moderna a todos.

Se pasó del viejo arte de mentir a la manipulación de los hechos.

Lo más inquietante es que las modernas mentiras políticas son tan grandes que exigen una completa acomodación nueva a los hechos, o sea configurar una nueva realidad, que luego el auto engaño valida con una apariencia de fiabilidad.

El prejuicio moral es duro con la mentira cruel, pero es tolerado y permisivo con el autoengaño.

Los engañadores y los engañados suelen esforzarse por mantener la propaganda, por eso el peor enemigo es aquel que escapa del grupo y expone la verdad.

Políticamente, en el arte moderno del autoengaño, es transformar un problema exterior en uno interior (la guerra fría en ambos lados).

En las democracias modernas el engaño sin autoengaño es imposible por completo. Siempre la realidad se venga de quienes se atreven a desafiarla.

La consecuencia del “lavado de cerebro” es a largo plazo el cinismo, que es el rechazo a creer en la veracidad de cualquier cosa.

La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero nunca reemplazarla.

Entre los modos existenciales de la veracidad sobresalen la soledad del filósofo, el aislamiento del científico y del artista, la imparcialidad de la historia y del juez, y la independencia del investigador de los hechos, del testigo y del periodista.

Estos modos de estar solo comparten la imposibilidad de un compromiso político, de la adhesión a una causa.

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